
Cómo leer una historieta de superhéroes. Pequeño ensayo de ética.
Estaba viendo Batman Gotham Knight, cuando en el segundo capitulito un guardia/policía, ante las puertas de Arkham Asylum, dice “si ve a alguien en las calles recuerde: es un interno, no un ciudadano”. Me pregunté qué diría Foucault al respecto y si –al revés de Dorothy- ya había entrado al estado de Texas.
Pero después lo pensé y me di cuenta de que todo tenía sentido: la figura del héroe, la figura de Batman, es aquella del perfecto fascista. Es decir, imagen: superman, si no fuera superman, hubiera llevado una vida digna de sitcom, se hubiera casado con Luisa, tendría un trabajo mejor, sería feliz dentro de los estándares burgueses. Si pensamos lo mismo de Spiderman, bueno, Peter Parker, para empezar, no tendría trabajo (ya que no habría un Spiderman al que sacarle fotos), y su vida se asemejaría a una película Indie sobre el white-trash americano. Hubiera terminado en las drogas, ese chico. En cambio, Batman: si Batman no fuera Batman, no podría ser nada más. Bruce Wayne es un personaje imposible. Para él, la alegría no existe. Y los personajes que niegan la alegría, niegan la tragedia. Sería como un personaje de Beckett en una New York de Tim Burton. Es aburridísimo.
Y ahí salió mi pregunta: ¿Por qué es tan atractivo Batman? Y la verdad es que no es atractivo. Es amargo y monótono. Literalmente, su traje tiene un solo tono. Lo mismo puede decirse de cualquiera de los aspectos de su vida. Cada vez que se le muere o se le egresa un Robin, tiene que reemplazarlo con otro. Y es exquisito, casi imperial a la hora de hacerlo. Batman no evoluciona, no se enamora, es siempre igual. El de los ‘60 era más simpático y, por eso, menos atractivo. Su traje era azul y gris.
El verdadero atractivo de estas series cae en los villanos. Son ellos los verdaderos héroes. Son ellos los que no salvan del aburrimiento de tener que vivir el mundo de Batman. Son ellos los que nos llaman, de versión en versión, a volver a verlos. El villano es la posibilidad de derrota de Batman, elevada a un mañana eterno por la atemporalidad del bicho maldito. Es la rebeldía constante, siempre en nuevos espacios. La rebeldía, sí, porque ellos no son, ni siquiera, una amenaza para la sociedad. Ellos están afuera de todas las sociedades, y sólo les interesa atacar a Batman.
Atacarlo porque viven bajo su servidumbre; los villanos existen para que Batman se pueda mantener siempre joven, para sostener su existencia. Batman los necesita. La falta de villanos le devuelve la temporalidad a Batman (algo que supo captar muy bien Frank Miller en su The dark knight retuns). Si Batman no existiera, probablemente serían inadaptados, grandes artistas, activistas. Y, hagan lo que hagan, están condenados al tiempo, a tener que cambiar constantemente para poder estar al día con el insaciable murciélago. Batman, literalmente, es un vampiro que les succiona la vida a sus enemigos.
La magia del villano (la de ser siempre otro), radica en que nunca es una identidad, sino múltiples identidades. Su misión nunca va a ser la monótona de “atrapar al villano de turno”; él saqueará, robará, raptará y, de vez en cuando, intentará borrar a la raza humana de la faz de la Tierra, con tal de matar a Batman. Sus orígenes no son los mismos, sus propósitos no son los mismos, sus sexos no son los mismos. Y mientras más aburrida sea su contraparte (siendo Batman el paradigma), más interesantes y brillantes deberán ser ellos. Es decir, ¿a quién mierda le interesa ver el mito de Superman? ¡Dennos a los villanos, que niegan toda genealogía mitológica! ¡Maten el aburrimiento! ¡Maten a Batman!





